“Hay mucha hipocresía en la Iglesia”.

“Hace falta un sinceramiento en el clero. Hay que repensar la misión, el cómo presentamos hoy a Cristo”, planteó uno de los sacerdotes que denunció a otro por abusos a menores. Aquí su carta.

José Dumoulin pidió licencia, por un año. Lo hizo en una nota, que también hizo pública, dirigida al arzobispo de Paraná, monseñor Juan Alberto Puiggari. Este martes, a través del sitio Entre Ríos Ahora, trascendió una carta del ex cura párroco de la Iglesia “Santa Rosa de Lima”, de Villaguay.

La dimisión de Dumoulin, luego también le siguió la del sacerdote Leonardo Tovar, se dio luego de batallar contra los casos de pedofilia en la Iglesia de Paraná (primero la denuncia penal contra el cura Justo José Ilarraz, y la más reciente, contra Marcelino Moya) y no encontrar eco en las autoridades eclesiásticas.

“Lo grave: la hipocresía, la falsedad”

En la Iglesia de Paraná hace falta un sinceramiento en el clero, hay que repensar la misión, el cómo presentamos hoy a Cristo, cómo dialogamos con el mundo, cómo interactuamos con la sociedad.

Lamentablemente, eso no se está dando.

En vez de eso, veo que la Iglesia está replegada sobre sí misma.

En otras iglesias, uno ve que está la necesidad de abrirse al mundo, hay una búsqueda permanente, hay una decisión de dejar de esconder la basura para sanear las cosas que haya que sanear.

Acá, no. Estamos viviendo en una esquizofrenia: por un lado, está lo que predicamos y por otro, lo que vivimos los sacerdotes. Es muy cruel esa dicotomía.

Tenemos que asumir las metidas de pata, la humanidad de la Iglesia. Nosotros, los sacerdotes, no somos intangibles, no somos semidioses. Tenemos una vocación, sí, y esa vocación tiene que ser lo más adecuada al Evangelio.

Pero eso a veces no se da. Y ocurren las cosas que ahora vemos que ocurren.

Sin dudas que hay cuestiones sumamente graves y delicadas como el abuso de menores. Eso no tiene punto de comparación con nada, porque más allá de ser un pecado gravísimo, es un delito gravísimo penado por la ley civil.

Y el Papa ha dicho las cosas muy claras: en la Iglesia no hay lugar para sacerdotes abusadores. El sacerdote que ha abusado, tiene que ser expulsado inmediatamente.

Pero también hay otras situaciones que se dan en la Iglesia.

Uno, si es sacerdote, eligió libremente vivir el celibato. Pero esa es una cuestión que se relativiza.

Sin dudas cuesta el celibato, pero ahí está el camino.

Pero acá se dan situaciones en la que se cae en el pecado de no respetar el celibato.

En ese caso, si un cura persiste en esa situación, si es constante, hay que tomar una determinación, y decirle: o dejas de ser cura para formar una familia, o cortas esa relación. De lo contrario, todo es una mentira.

Esas situaciones hoy se están dando en la Iglesia de Paraná.

Pero lo más grave no es el pecado del celibato sino la hipocresía, la mentira, el querer ocultar, el querer disfrazar, esconderte para vivir una relación paralela.

Eso es lo grave: la hipocresía, la falsedad.

Uno se presenta al mundo como impecable, intachable, y es animador de lo moral, cuando no está haciendo nada de todo eso que predica. No quiero decir que todos los curas sean iguales, pero hay muchos curas que están en esa doble vida.

Yo creo que, en este sentido, hay que ser claros. Si vos perseverás en una situación en el tiempo, si eso no se corta, si seguís en una relación con una persona, sea hombre o sea mujer, tenés que irte de la Iglesia. No hay término medio.

Ahí es donde interviene la función del obispo que tiene que velar por la santidad del clero, por la vitalidad de la Iglesia.

Acá hay casos concretos en la Iglesia, y lo que le hemos dicho al arzobispo Juan Alberto Puiggari es que tiene que echar a esos curas.

Si la situación permanece, hay responsabilidad compartida entre el cura y el obispo.

Muchos obispos no se animan a tomar medidas de fondo porque cuesta pagar los costos políticos.

En el caso de la diócesis de Paraná, sin duda que falta determinación por parte del obispo.

Tiene que haber determinación en sanear todo.

Y esto debe ser así en cuestiones del celibato, de los abusos, del uso del dinero o de los abusos de poder.

Hay un montón de situaciones que tienen que ser corregidas, saneadas, y repensadas.

Decimos que vivimos la pobreza, la austeridad, la obediencia, pero ¿cómo la vivimos? Decimos que sí pero hacemos otra cosa.

En el fondo, hoy lo más grave, lo más triste, lo más doloroso para la Iglesia es la hipocresía, la falsedad, la doblez con lo que se encara la vida de fe.

Eso es lo más doloroso.

Puiggari deja que las cosas sucedan, que pasean, va piloteando, y esa no intervención es lo que genera esta situación.

No pierdo las esperanzas de que esto pueda cambiar, pero admito que no es fácil. Un cambio requiere meterse dentro de lo que es la realidad del clero y hacer un saneamiento serio.

Fuente: Entre Ríos Ahora

http://www.elentrerios.com

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