Tres caminos para liberarse de los aparatos políticos mafiosos.

Por: Silvia Mercado smercado@infobae.com

Las elecciones dejaron indicios sobre la posibilidad de que la estructura peronista pueda ser derrotada en el Conurbano, esa tierra hostil para la democracia.

Pocos sucesos producen mayor desasosiego entre los opositores que la constatación, elección tras elección, de que en los barrios y localidades más pobres, donde más se sienten los efectos de la inflación, de la ausencia de una política de seguridad y el avance del narcotráfico, los electores sigan votando al oficialismo. Allí donde la pobreza se volvió endémica, es todavía peor, y pareciera que la voluntad está anestesiada, que lo único que los anima es reproducir las mismas condiciones de injusticia, porque cualquier posibilidad de ascenso social estuvo vedada para sus padres y abuelos, y lo estará para sus hijos y nietos.

La explicación es sencilla. Reciben los distintos planes sociales y tienen miedo de perderlos, y cerca de la elección el Ministerio de Desarrollo Social reparte televisores, heladeras, lavarropas. Ahora, incluso, cunas para los bebes que están por nacer, bajo el reciente programa “Qunitas”, que apunta a combatir la mortalidad infantil. Pero, tal vez, las cosas son un poco más complejas.

En efecto, desde 1983, cuando sorprendió en la provincia de Buenos Aires la victoria del candidato a gobernador del radicalismo, Alberto Armendáriz (le ganó a Herminio Iglesias por 51 a 39 por ciento) hasta ahora, la democracia fue consolidando un sistema político profundamente injusto en los asentamientos que se fueron transformando en barrios, pero muy pobres, aislados, con gran dificultad para acceder al transporte público, con vecinos cada vez más dependientes de los “punteros, malandras y porongas”, tal la caracterización del genial historiador Jorge Ossona, autor de los uno de los estudios más esclarecedores de la vida cotidiana en esas tierras de legalidad borrosa, con una sociabilidad muy intensa, donde la lucha por la supervivencia adquiere aristas muchas veces dramáticas e inimaginables para quienes salimos de nuestra casa y estiramos la mano para tomar un colectivo.

Todavía hay quienes se ilusionan con la posibilidad de que si Armendáriz, un ilustre desconocido, ganó en el 83 por el efecto arrastre que significó la candidatura presidencial de Raúl Alfonsín, pueda existir algo parecido ahora, como si 32 años después nada hubiera cambiado en la Argentina. No solo los viejos punteros fueron desplazados por nuevos líderes, ligados a los intendentes y su red de dirigentes casi siempre corruptos, sino porque el ingreso de las fábricas de droga y el consumo ilegal de estupefacientes fueron constituyendo nuevas mafias, que alejaron a los partidos de la clase media, como los radicales y la Coalición Cívica, que hasta carecen de fiscales para el día de los comicios.

LA ÚLTIMA VEZ QUE UN RADICAL GANÓ EN EL DISTRITO FUE EN 1983

De hecho, el 30 de octubre de 1983 fue la última vez que ganó un candidato de la UCR en el distrito. En 1999, la Alianza estaba convencida de que lograría una hazaña similar, cuando ganó Fernando De la Rúa la presidencia, pero Graciela Fernández Meijide perdió la gobernación. Ella dice que no hubo fraude, pero dirigentes del municipio de La Matanza confesaron varias veces que a Lidia Satragno, conocida como Pinky, le robaron el resultado electoral. Algo similar pasó en el municipio de Lomas de Zamora en las elecciones del 2003, que muchos peronistas dicen que fueron ganadas por el ARI, liderado por Elisa Carrió, aunque pudieron “ordenar” el resultado una vez concluido el escrutinio provisorio.

Es verdad que en 2009 y en 2013 sucesivas fracciones peronistas (Francisco De Narváez primero y Sergio Massa después) pudieron derrotar al Frente para la Victoria (FpV), pero lo hicieron negociando con el aparato político tradicional, es decir con los intendentes, los punteros y las mafias que dominan los comicios en los barrios más humildes, a donde las patotas se instalaban para que los fiscales que no pactaron con ellos no puedan ingresar, bajo la amenaza de violencia.

No es casual que los llamados “barones” del Conurbano sean considerados los enemigos del kirchnerismo duro. Para ellos, como para los jefes del Partido Justicialista, que el recientemente fallecido Juan Carlos “Chueco” Mazzón personificó como pocos, los Kirchner son una etapa del peronismo, a la que seguirá otra, que imaginan será liderada por Daniel Scioli, que hará “sciolismo”. Los peronistas, ese ultrapragmatismo conservador y venal al que solo le interesa la sobrevivencia, protegieron su aparato negociando en el 2009 con De Narvaéz y en el 2013 con Massa, para demostrarle a los Kirchner que seguían teniendo poder. Y, en ambas elecciones, repartieron las boletas del FpV y de los dos disidentes, para que “decida la gente”.

Ahora, en estas elecciones primarias, sucedió algo parecido. Iban a apostar a la fórmula Julián Domínguez/Fernando Espinoza, que era la que quería Scioli, el candidato del PJ que logró domesticar a Cristina, según la visión peronista tradicional. Pero ante la presión de la Casa Rosada, repartieron la misma cantidad de boletas de Domínguez que de la fórmula Anìbal Fernández/Martín Sabbatella, también para que “lo decida la gente”.

El aparato peronista del conurbano bonaerense es una red que recorre cada uno de los rincones más pobres de la geografía de barrios y asentamientos necesitados del Estado, con infinidad de jefes territoriales que disputan todo entre sí, pero saben acatar órdenes cuando está claro quién manda. Por eso, la reelección indefinida de los intendentes funciona como un gran ordenador, que facilita la reproducción de las condiciones de injusticia al infinito.

Sin embargo, en ese territorio hostil para la expresión democrática, definido como Terra Incognita por el arquitecto Adrián Gorelik, varios “barones” están siendo jaqueados por opositores de distinto pelaje, algunos incluso respaldados por el oficialismo. Analicemos los casos.

El más notable es Gustavo Menéndez, un peronista que con el respaldo de Jesús Cariglino, intendente de Malvinas Argentinas, viene dándole la pelea en Merlo al más brutal de los barones, Raúl Othacehé, capaz de meter presos concejales y perseguir maestras. En el 2013, como candidato del Frente Renovador, logró ganarle al intendente, pero después Othacehé cruzó con Sergio Massa, y Menéndez quedó boyando. Se fue al FpV y hasta Karina Rabolini estuvo en Merlo respaldando su candidatura. No sólo eso. A pesar de que Othacehé volvió al kirchnerismo, ya nadie lo quiere en su liga, así que Menéndez tuvo a la Gendarmería Nacional de su lado a la hora de controlar los comicios y garantizar las boletas en el distrito. La gente pudo votar a Menéndez porque tenía quién garantice la expresión democrática.

LOS VIEJOS PUNTEROS FUERON DESPLAZADOS POR NUEVOS LÍDERES LIGADOS A LOS INTENDENTES

Otros dos casos paradigmáticos son los de Tres de Febrero y Pilar, donde el periodista Diego Valenzuela y el experto en organizaciones no gubernamentales Nicolás Ducoté, de Cambiemos, jaquearon a Hugo Curto y Humberto Zúccaro, respectivamente, con altísimas probabilidades de ganar en octubre.

Aunque no son los únicos candidatos que enorgullecen al PRO. Néstor Grindetti en Lanús, Martiniano Molina en Quilmes, Ramiro Tagliaferro en Morón, Even Van Tooren en Esteban Echeverría, Ricardo Ivoskus en San Martín, Lucas Delfino en Hurlingham, libraron batallas también con excelentes resultados, con posibilidades de ganar o de convertirse en la segunda fuerza del distrito.

En estos casos, por supuesto, no tuvieron a la Gendarmería de su lado, que responde al gobierno nacional, ni a la Policía bonaerense, que responde al intendente, sino a los voluntarios que vienen desarrollando a través de las redes sociales, un sistema de cercanía con el que pueden llegar a los lugares más pobres, al que en el último mes le sumaron la decisión política de Mauricio Macri de poner toda la carne al asador para proteger la expresión del voto, diseñando una logística de fiscalización como jamás realizó un partido reacio a negociar con el aparato político.

Otro ejemplo notable es el de Walter Festa, respaldado por José Ottavis, dirigente de La Cámpora. Le ganó al intendente Mariano West, un dirigente que fue de la renovación peronista, pero con los años se fue transformando en una de las peores caras de la mafia política del Conurbano. Hace un año, Ottavis tenía el proyecto de ganar 20 intendencias en todo el país, y así lograr la supervivencia territorial de La Cámpora, en un proyecto de largo plazo para desplazar a la vieja dirigencia peronista. Su plan quedó acotado a Moreno, pero con la victoria sobre West, exhibe toda su vigencia.

No es fácil, pero sí posible, que fluya la expresión democrática en el conurbano bonaerense. Más difícil, por cierto, es para el que no es peronista ni quiere negociar con el aparato, como la coalición Cambiemos. Pero las nuevas tecnologías, centrales para llevar democracia aún a las dictaduras más sangrientas del mundo, son un aliado indiscutible para quien tiene la voluntad de organizar vecinos por fuera de los códigos mafiosos.

Más difícil es que la democracia del voto llegue a las provincias del NOA y el NEA, donde los gobernadores e intendentes controlan hasta las estaciones de servicio, para que no le vendan nafta a los autos que maneja la oposición, y así dificultarles los traslados. Un santiagueño le dijo a Infobae, “en mi provincia no se les puede ganar nunca, porque si sos empleado, estás obligado a llevar a otros diez a votar por el gobierno, porque si no te echan”. Allí, el gobernador gana las elecciones el gobernador por “tacuche”, rellenando las urnas con boletas propias, tantas que a veces superan la cantidad de electores habilitados.

Dirigentes peronistas opositores respetables, como Aldo Pignanelli y Graciela Camaño, tuvieron expresiones ofensivas hacia la red de fiscales que organizó Cambiemos para estas elecciones. Es probable que como tampoco están familiarizados con el correo electrónico tengan dificultades para comprender la nueva trama cultural que llega a todos los rincones del mundo, incluyendo a Villa Fiorito, donde cada uno quiere ser protagonista de lo que viene y liberarse del yugo de los aparatos mafiosos en la política. Definitivamente, la red de fiscales -mayoritariamente voluntarios- es un cambio cualitativo en este proceso electoral, que muestra la vocación de buena parte de la ciudadanía de desafiar al aparato allí donde reina y gobierna hace décadas, con el único objetivo de democratizar la sociedad, salir de esta era de fraude, y dejar que los vecinos se expresen.

Fuente: http://www.infobae.com

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Política y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s