El petisero entrerriano que ceba mates en Francia.

Omar Izaguirre cuidaba caballos en Buenos Aires hasta que le llegó la oportunidad de hacer lo mismo en un club parisino. Mirá la increíble historia de los argentinos en Chantilly.

petisero

Es un día de sol radiante en Chantilly, Francia, y en una de las caballerizas se oye el sonido reconocible de un cuarteto. Adentro, con uno de los temas del cantante cordobés Sebastián de fondo, Sergio Cardoso limpia los boxes de los once caballos que tiene a su cargo. “Les hago las camas”, precisa el correntino, alias “el Yacaré”.

A metros de allí, rodeado de frenos y horquillas, Nicolás Puig limpia sogas y cueros mientras el correntino Darío Alcaraz y el entrerriano Omar Izaguirre ceban mates y cuentan historias. Para ellos dos, es la hora del descanso.

“El francés te agradece a cada vuelta de mate. Dice gracias todo el tiempo”, observa Omar, y hace reír a sus compañeros. La única francesa presente está casada con un argentino que conoció en este club de polo y con quien tuvo mellizas. Ni se da por aludida.

Estos petiseros empezaron a venir a esta comuna chic al norte de París hace cuatro, nueve, doce o hasta 20 años, y desde entonces vuelven casi siempre, entre marzo y septiembre, para ocuparse de los caballos de sus jefes europeos.

En este club de polo, uno de los más importantes de Europa, con 205 hectáreas, nueve terrenos de juego, 500 partidos por año y capacidad para 400 caballos, 50 de los cerca de 80 petiseros son argentinos. Como los abiertos de Palermo, Hurlingham, Tortugas y Jockey Club cierran entre septiembre y diciembre, aprovechan la temporada baja del polo argentino y viajan hasta aquí para cuidar los caballos de millonarios europeos que juegan un polo amateur a cambio de pasaje, casa, sueldo y permiso de trabajo.

Todos aseguran que extrañan y que no cambian su país por nada, pero explican que aquí pueden ahorrar y volver a la Argentina con lo suficiente para compensar los bajos sueldos locales o, en algunos casos, no trabajar el resto del año. Para los acaudalados franceses, suizos o alemanes que compiten en torneos como hobby, es la oportunidad de tener a los mejores del mundo ocupándose de sus caballos.

“Al principio lo vi redituable para mis estudios de ingeniería ambiental, y después seguí porque necesitaba plata para mantenerme”, cuenta el pampeano Daniel Necochea, de 28 años. Cuando puede se escapa a París a ver algún partido de fútbol. Mientras prepara uno de los 30 caballos de su jefe francés, que está jugando, continúa: “Se arma un ambiente y se intercambia cultura. Los franceses nos hacen descubrir el vino, y nosotros les hacemos probar el fernet y el mate. Nos ambientamos como si estuviéramos en casa. Las costumbres no se pierden y nunca me saco la boina, pero estamos en Francia: acá tuve que ponerme un traje por primera vez, para ir a una cena”.

Durante algunos meses, este rincón francés se convierte en un verdadero campo argentino: todo el mundo habla español, o al menos lo entiende; las bombachas, alpargatas y boinas son el look que se impone; el mate nunca falta, y el fernet suele reemplazar al vino.

La sensación es parecida entre los petiseros. Cuando se les pregunta qué extrañan, responden en este orden: la familia, los amigos, la fiesta, los asados, la pesca y las mujeres, aunque en Chantilly los argentinos tienen mucho éxito entre las chicas. “El primer y el segundo mes se pasan volando. Al final del tercero aparecen los primeros cansancios. Estás aburrido y extrañás. El cuarto mes es el más largo de todos. El quinto, el repechaje. Y el sexto, ya no te importa nada”, enumera Nicolás Puig, que viene a Chantilly desde hace nueve años.

El amor por los caballos

Los petiseros con mejores sueldos suelen ser aquellos que trabajan para los europeos, que pagan hasta 1400 euros por mes y por ocuparse de no más de cinco caballos. Para el polista, la función del petisero es fundamental: si el caballo está bien cuidado, rendirá mejor y habrá menos gastos de veterinaria. “Los petiseros argentinos tienen otra forma de training y puesta a punto. Montan a caballo y se dan cuenta de qué le falta, si quiere más o menos comida. El francés lo va a cuidar bárbaro, pero no tiene el feeling de saber si le duele la boca o la pata”, explica el profesional Tomás Rueda, de 27 años y cuatro de handicap. Viene a Chantilly desde 2008.

Otro aspecto que destaca a los petiseros argentinos de los franceses es el amor por sus caballos, como bien explica el jugador y profesor de polo Stanislas Clavel: “Ningún petisero argentino me va a llamar a la mañana con dolor de panza. Están contentos de estar acá y no miran el reloj, a diferencia de los franceses, que son muy precisos con sus horas de trabajo. Con los caballos hay que ser apasionado. Los argentinos tratan a mis caballos como si fueran los suyos, como si fueran sus hijos”.

Ganando euros

Si el petisero se cuida con los gastos en el supermercado y alguna que otra salida, puede ahorrar hasta 1000 euros por mes durante los seis o siete meses que está acá. Todos suelen sumar además algunas changuitas, como cobrar por hacer un asado para franceses o traer cigarrillos y revenderlos en Francia, donde el paquete cuesta siete euros. Como algunos profesionales traen su propio equipo de petiseros cuando vienen a jugar con un europeo, explican que las ganancias dependen de con quién se trabaje.

“El profesional argentino en general es el que menos paga y más te hace trabajar. Te da mínimo siete caballos para cuidar y, como te trae a Francia, te pide que después le labures en la Argentina. Pero allá no te pagan más de 6000 pesos. No se puede laburar de esto allá, no te alcanza”, confiesa un petisero.

Para Benoît Perrier, hijo de uno de los fundadores del club, el mercado está controlado por los argentinos. “El nivel argentino es excelente. Los caballos se compran allá y en esa transacción se crean una amistad y una relación. Luego, muy probablemente el que compró los caballos vaya a querer jugar con el que se los vendió. Y además los chicos argentinos se manejan muy bien con los europeos. Es un mercado importante para ellos”, explica Perrier en una mezcla de francés y español.

Cuando los torneos son importantes, las canchas están rodeadas de autos, con los espectadores sentados sobre los baúles abiertos. Allí se instala el pampeano Daniel, mientras que Nicolás, Omar y Darío prefieren las sillas que ellos mismos trajeron. Con la mirada sobre el partido, con jugadores que gritan en francés y en español, los cuatro hablan de todo y de nada y dejan correr algunas reflexiones.

El entrerriano Omar Izaguirre, de 41 años y casi 20 como petisero en Chantilly, se preocupa porque “los patrones europeos se están poniendo viejos y no hay nuevos”. El correntino Darío Alcaraz recuerda que conoció a Daniel en Buenos Aires, los dos trabajando como petiseros, y que se encontraron de casualidad en Chantilly: “Acá hay menos presión y más diversión. Los patrones juegan y se divierten aunque el caballo esté panzón. El argentino no”. Todos coinciden en que unos meses de trabajo acá son más rentables que todo el año en la Argentina. “Abrís tu heladera acá y la abrís allá y ves la diferencia”, comentan.

De tanto verse, dicen, ya no saben qué contarse. Daniel propone ir al cine a ver Jurassic World. “¿En francés?”, le pregunta Nicolás. “No, en santiagueño”, responde Daniel. Todos explotan de la risa. En el quinto mes de temporada en Chantilly, el del repechaje, también hay lugar para el humor.

Fuente: Diario La Nación

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